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Yoga

Juan Pablo da clases de yoga en la Villa 31 y te cuenta cómo los ayuda 🙏

Actualizada 23/09/2017 12:00

Juan Pablo Restrepo es colombiano, tiene 36 años y enseña yoga hace 15. Vino a la Argentina hace 8 años y da clases gratuitas en la Parroquia Luján de la Villa 31 hace dos años sin apoyo de ninguna institución gubernamental.

“Siempre quise involucrar la cuestión social al yoga, para mí es importante tener sensibilidad social. Mi idea era no dejar que el yoga se convirtiera en algo solamente relacionado con la paz individual, egoísta, sino que pudiera transmitirse a los demás en un contexto social de vulnerabilidad”, cuenta Juan Pablo.

Todo empezó cuando él se acercó a la Parroquia Cristo Obrero de la Villa 31. Empezó con una clase por semana a un grupo de un centro de jóvenes con adicciones llamado “Hogar de Cristo” y después abrió un espacio para mujeres los domingos a las 4 de la tarde “que cada vez cobra más fuerza”.

EXPECTATIVAS VS. REALIDAD


“Trabajar en una villa lleva su tiempo”, relata Juan Pablo. “Se necesita establecer un vínculo para que la práctica se convierta en algo importante. Sin ese lazo, el solo hecho de llevar el yoga como si fuera una aspirina no funciona. Yo tenía la expectativa de que diera resultados rápido y que se entusiasmaran, ir a formar profesores… toda esa ambición y expectativa está buena, pero hay que bajarla a la realidad. Después de dos años ellas pueden estar solas guiando una práctica, sin que yo dijera ‘voy a hacer un teacher training’, se fue dando”.


Si bien la situación socioeconómica de Juan Pablo es muy diferente a la de las personas que viven en un barrio vulnerable, él encontró una forma de empatizar con sus alumnos/as: “Yo soy inmigrante y la mayoría de las mujeres que están ahí también, entonces hay un reconocimiento de algo común”. Muchas veces se relaciona la práctica de yoga con sectores socioeconómicos más altos, y Juan Pablo pudo comprobar este prejuicio:

“Cuando pregunté qué era el yoga para ellas, lo primero que dijeron fue ‘el yoga es lo que hace mi patrona’. El otro prejuicio era de los chicos que decían que el yoga es para maricones”.


La idea general que se tiene sobre cómo es enseñar yoga en una villa es muy diferente a la realidad: “Lo importante es escuchar, una de las grandes fallas que puede tener alguien que quiere enseñar yoga en la villa es creer que tiene la verdad y que va a un lugar completamente virgen, que va a salvar gente”.

Sus alumnas están muy vinculadas con la espiritualidad en un contexto católico: “La espiritualidad más profunda ya la tienen y yo aprendo de ellas, pero puedo brindarles un espacio para tener un poco de contacto con sus cuerpos

CLASES EN LA VILLA 31 VS. CLASES EN PALERMO


Juan Pablo también da clases en Las Cañitas y el contraste es muy fuerte, especialmente en lo que respecta al cuerpo: lo que es común para un alumno en Palermo, es muy distinto a la realidad en un barrio con otro tipo de problemáticas:

“Cuando en las clases que doy en Palermo pregunto cómo está el cuerpo, me suelen contestar que tienen una contractura… cuando empecé con los chicos en condiciones de adicción, se veía la violencia en los cuerpos de una manera muy fuerte, me decían ‘tengo un tiro en la rodilla’, como si fuera normal. Ves los cuerpos atravesados por la violencia.”


Además, la rutina diaria es muy diferente, especialmente en el grupo de las mujeres: “Ellas están todo el tiempo en espacios en los que están para otros. Llegan a la casa y le hacen la comida a la familia, la mayoría de ellas trabaja en casas, así que encontrar un espacio en el que puedan sentir su cuerpo, donde pueden apreciarse y que haya otras personas que las aprecian, es importante. Que salgan del rol de madres, servidoras, que encuentren un espacio para estar juntas, divertirse, reírse, llorar”.

Involucrarse es la clave, a veces Juan Pablo da las clases con bebés o niños en los brazos porque sus alumnas son cabeza de familia y si no, no podrían participar.


IR PARA ENSEÑAR VS. IR PARA APRENDER

En la villa hay una posibilidad de aprender inmensa para todos nosotros. Hay que preguntarse qué tiene para enseñarme el contexto, las personas que viven ahí”. Ser profesor de yoga no se trata simplemente de ir, dar la clase y volverse a su casa, sino que él se vincula con las historias de sus alumnas y cree firmemente que de otra manera no serviría.

Además, de cada clase siempre se lleva un aprendizaje o una buena experiencia. “Doy clases los domingos a las 4 de la tarde, en un momento en el que debería estar descansando. Siempre hay una resistencia, pero voy y salgo con la sensación de que vale la pena, una sensación de plenitud”.


Las alumnas aprenden mucho más que yoga: “Hemos hecho retiros en un lugar en Areco de budismo zen y les podés abrir todo un mundo”. Al mismo tiempo, Juan Pablo nos cuenta que también la experiencia es enriquecedora para él como profesor:

“Yo aprendo cómo mantener la espiritualidad, el amor, la compasión, la alegría y la esperanza en medio de situaciones tan jodidas. Siempre salgo de ahí con una sonrisa”.