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En primera persona

Compré porro legal en Uruguay y te lo cuento

Actualizada 24/07/2017 09:07

Miércoles 19 en Montevideo. Empieza el día en que finalmente, después de tres años y medio de trámites, Uruguay se convierte en el primer país del planeta en vender marihuana legal producida por el Estado. Se cumple así la tercera pata de la ley de 2013, que legalizó también el autocultivo hogareño y los clubes de cultivadores.

El organismo encargado de gestionar la venta del faso estatal, el Ircca, publica esa misma mañana la lista de las farmacias convertidas en dealers legales, para evitar cualquier bardo. Son 16 en todo el país, cuatro de ellas en Montevideo.

Sí, solo cuatro farmacias para más de tres mil montevideanos registrados. Las grandes cadenas farmacéuticas se bajaron del sistema, algunas porque no les cabe ni ahí “vender droga” y otras no creen que sea un negocio que de plata.

Para poder comprar el faso legal hay que registrarse previamente como “adquiriente” en los locales del Correo público uruguayo. Un registro muy reservado y confidencial, que asegura la identidad bajo un encriptado informático “de siete llaves”. El único dato que das al comprar es tu huella digital. El de la farmacia nunca se entera de tu nombre. Solo por orden de un juez se puede acceder a tu identidad cruzando esas llaves.


Mientras desayuno y con mi esposa le preparamos la comida al pequeño, me preparo mentalmente para hacer una fila.


El primero en comprar, al menos eso dicen las primeras crónicas radiales, es el Sapo Zas, un periodista de un programa radial llamado Suena Tremendo que fue a comprar y a cubrir al mismo tiempo, y como el sistema detector de huellas digitales no funciona bien la cosa se demora y lo llaman a él para que haga una prueba.

El tipo sale con los sobrecitos en mano en las portadas del Washington Post, El País de Madrid y todos los sitios de noticias de medio mundo. Más tarde su cara aparece hasta en Taiwán. El Sapo se convierte en el rostro del fumón legalizado. Ya está claro: el 19-J es un día histórico. El Día del Fumón.


Voy a comprar faso a la farmacia La Antártida. Hace frío pero está soleado, lindo para caminar. Es la farmacia que queda más cerca de mi casa. Dejo a mi hijo en el jardín de infantes y arranco para Colonia y Vázquez, en el Centro montevideano. Es un sistema complejo y burocratizado, como todo en este país, pero no deja de ser estimulante ser uno de los cinco mil conejillos de indias que estamos probando este experimento, como lo definió el propio Mujica.

Llego al mediodía a la Antártida. Es hora pico, la hora de descanso en muchos trabajos. Hay más de 20 metros de cola, y no es una fila ordenada, sino que son barras de amigos amuchadas las que avanzan. Lento. Muy lento. Cada cinco o diez minutos hacen pasar a un grupo. Hay de todo. Mucho jipi, mucho dreadlock, mucha ropa rastafari, mucho pelo pintado de verde, amarillo y rojo. Y un señor con la leyenda “Bomberos” en la parte trasera de su campera.


En la calle mucha cámara de TV, movileros en vivo y fotógrafos haciéndose un picnic con los felices compradores que exhiben los sobrecitos que se parecen a los de un antigripal efervescente. Los ansiosos de siempre lo abren ahí mismo, desmorrugan -uruguayismo que define el acto de moler el cogollo para armar el porro- y prenden en plena calle. “Ta bárbaro, es pura flor. El perfume no está mal, se deja fumar”.


Cada sobre de la alegría trae cinco gramos, unos seis o siete cogollos de tamaño medio, y cuesta 187 pesos uruguayos, es decir unos 104 pesos argentinos (¡20 pesos el gramo!). Cada usuario puede comprar hasta 10 gramos por semana y 40 por mes. Otros dicen que se nota que está bastante seco, porque -recordemos- la ley es de 2013 y este porro se plantó en 2015 y se cosechó en el otoño de 2016. Las dos empresas concesionarias, una argentina y otra canadiense tuvieron que conservar las flores por más de un año.


Dos mujeres con bebés en brazos intentan que las atiendan antes por su condición maternal pero no tienen suerte.

En media hora, avancé solo diez metros y me queda otro tanto. Nicolás, el fotógrafo del semanario donde trabajo me llama desde la farmacia que vende marihuana en la Ciudad Vieja. “Venite para acá que no hay nadie”. Abandono la Antártida y allá voy rumbo a la farmacia Tapie, en 25 de Mayo y Colón. En el ómnibus 175 destino Aduana, una pasajera malhumorada tras ver la cola de gente en la Antártida dice: “Pegan más las plantas del patio de mi casa que el porro de porquería este que vende el Estado”.

Es que durante los días previos circuló el rumor de que la marihuana estatal no iba a pegar nada. Lo dijo una científica en un diario y se armó revuelo. El tema es que las dos variedades de porro legal uruguayo puestas a la venta -la índica, llamada Alfa 1, y la sativa, llamada Beta 1- tienen, al menos por ahora, solo 2% de THC. Y el compuesto que atenúa el efecto del THC, llamado CBD, es más alto, de 6 y 7%. Entonces es lógico que el fumador intensivo desconfíe de la experiencia cannábica oficial, por la suavidad del producto.


En quince minutos llego a la Tapie. No está vacía pero la fila es más corta y fluida.


Luego de diez minutos de cola que se van como arena entre los dedos, me toca entrar. Es una farmacia independiente, no es de ninguna cadena, me dice el empleado. Y anuncia en voz alta, medio en broma y medio en serio: “La idea es que además de la marihuana compren algo más”. Dos jabones Dove me cuestan 64 pesos. Acá la marihuana será barata pero el jabón cotiza en euros en la Bolsa de Londres. Cuesta casi lo mismo que un gramo de porro.


Llego a la caja, me piden que apoye el dedo índice en un pad dactilar y en tres minutos estoy afuera con mi bolsita de remedios recreativos. Me hago una selfie con el sobre y se la mando a los íntimos, entre ellos un grupo de amigos porteños, para babosear un poco. “Aguante el legal, bo”, me responde uno de ellos.


A media tarde se agotan las existencias de marihuana en Montevideo. En el interior la venta es buena pero no hay sold out. Cada farmacia recibe un máximo de dos kilos por pedido. lo que equivale a 400 sobres. Se vendieron en la capital casi 1.600 sobres de cinco gramos en menos de ocho horas. Hubo algunos problemas informáticos, con la lectura de las huellas, que se fueron solucionando en el correr del día.


Finalmente, a las once de la noche, después que se duerme el niño, armamos y fumamos sativa con mi esposa. Está rico. Un pegue suavecito, sin ardor de garganta al tragar el humo ni sensaciones abruptas. Un coloque modesto y relajado, pero placentero. Nada del otro mundo, por supuesto. Para lo poco que fumamos y nuestra moderada exigencia cannábica, no está mal, se deja fumar. Me voy a dormir con la sensación de haber vivido un día especial, de esos que se recuerdan toda la vida.

Javier Alonso